Tres a seis segundos. Sin audio. Resolución por debajo de la de las imágenes fijas de la misma plataforma. Un movimiento convincente en gestos pequeños —un giro de cabeza, el pelo, un cambio de expresión— que se desmorona en todo lo que implique manos, una segunda figura o un cambio de cámara.
El modo de fallo es concreto y constante: el primer segundo es bueno, el modelo pierde la identidad del sujeto en algún punto intermedio y el último segundo es otra persona. Es el mismo problema de persistencia de identidad que dificulta la consistencia en imágenes fijas, salvo que el vídeo te enseña la deriva en tiempo real en lugar de dejarte descartar las malas generaciones.
El texto y las manos, ya lo más flojo de la generación fija, están peor en movimiento porque ahora los errores parpadean de fotograma a fotograma.